San Marcelino Champagnat: El Humilde Milagro del 2 de Enero de 1817
Cuando pensamos en grandes instituciones educativas globales, solemos imaginar fundaciones solemnes, grandes capitales y edificios imponentes. Sin embargo, la historia de los Hermanos Maristas nos recuerda que las obras más grandes de Dios suelen nacer en el silencio, la pobreza y la confianza absoluta.
El 2 de enero de 1817 no fue un día de grandes ceremonias en Francia. Fue el día en que un joven sacerdote, San Marcelino Champagnat, decidió que era hora de pasar de los sueños a la acción, plantando la semilla de lo que hoy conocemos como el Instituto de los Hermanitos de María.
Una compra basada en la fe, no en el dinero
La historia, narrada por su biógrafo H. Jean-Baptiste Furet, nos sitúa en un contexto de posguerra y necesidad. San Marcelino Champagnat había identificado a dos jóvenes con «excelentes disposiciones»: Juan María Granjon y Juan Bautista Audras. Tenía el capital humano, pero le faltaba todo lo demás.
Vio una casita en venta cerca de la casa parroquial en La Valla. Era estratégica: le permitía formar a los jóvenes sin desatender sus obligaciones sacerdotales. El precio era «módico» para el mercado, pero exorbitante para un cura sin recursos: mil seiscientos francos.
Aquí surge la primera gran lección de emprendimiento espiritual de Champagnat: no titubeó. A pesar de no tener el dinero, firmó el contrato y pidió prestada la cantidad. Esta audacia santa nos demuestra que, para Marcelino, la providencia no era una idea abstracta, sino un socio capitalista activo. Si la obra era de Dios, los medios llegarían.

El líder que sirve: San Marcelino Champagnat Carpintero y Maestro
Lo que sucedió después de la compra define el carisma Marista hasta el día de hoy. Marcelino no contrató obreros para acondicionar el lugar; él mismo se puso manos a la obra.
El relato histórico es conmovedor en su sencillez: «Con sus propias manos fabricó dos camas de madera para los dos Hermanos, y una mesita de comedor». Imaginemos la escena: el fundador, cepillando madera, clavando tablas y limpiando el polvo para que sus dos primeros discípulos tuvieran un lugar digno donde descansar.
Esta casa se convirtió en la «cuna» del Instituto. No había lujos. Furet relata que «la pobreza más estricta se respiraba por doquier». Sin embargo, esta carencia material estaba cargada de simbolismo teológico. Marcelino quería que el Instituto reflejara el establo de Belén y la casita de Nazaret. Quería que los Hermanos llevaran, desde su nacimiento institucional, el «sello de la pobreza y humildad» de María.
Ora et Labora: Clavos para el sustento
La vida dentro de esa primera comunidad a partir del 2 de enero de 1817 se basó en una estructura monástica adaptada a la realidad. Los dos novicios, bajo la tutela paternal de Champagnat, dividían su tiempo en tres pilares:
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Oración: Ejercicios breves pero constantes (Misa, Rosario, visitas al Santísimo).
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Estudio: Marcelino les enseñaba a leer y escribir, preparándolos para ser educadores.
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Trabajo Manual: Aquí radica un detalle fascinante. Para comer, fabricaban clavos.
La fabricación de clavos no era una penitencia, era una necesidad económica y una escuela de vida. El producto de ese trabajo pagaba el sustento. Marcelino, lejos de mirar desde lejos, «trabajaba a veces con ellos». Entre el ruido del martillo y el hierro, les comunicaba su visión: la gloria de Dios y la salvación de las almas a través de la educación.
El legado de La Valla
Aquel invierno lo pasaron solos, «en paz y fervor». Esos meses de frío en La Valla fueron el crisol donde se forjó el espíritu Marista: familia, trabajo, sencillez y presencia.
Hoy, al recordar ese 2 de enero, no solo celebramos una efeméride histórica. Celebramos la valentía de empezar algo grande con recursos pequeños. Celebramos la visión de un hombre que entendió que, para educar a los niños, primero debía formar el corazón de los maestros, incluso si eso significaba empezar haciendo sus camas y fabricando clavos para comprar pan.
La casita de La Valla sigue siendo un faro para todos los educadores y Maristas del mundo: nos recuerda que, con Dios y bajo la protección de María, lo poco se hace mucho, y lo humilde se hace eterno.



